[Opinión] Gaza

Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía

[Opinión] Gaza

Nadie puede ser ajeno a la tragedia de Gaza, donde Israel utiliza el hambre como arma de guerra, y en eso Petro, les guste o no a sus críticos, ha tenido el talante de un líder mundial, analiza Juan A. Tapia.

El hambre está acabando en Gaza con lo que los aviones, los tanques y los drones israelíes no pudieron: la dignidad del pueblo palestino. Su autoestima. La valoración personal de la condición humana. Al impedir el ingreso de los camiones con alimentos para 2,4 millones de personas, el Estado de Israel ha entrado en la fase más devastadora de la ofensiva iniciada en octubre de 2023 tras el ataque de Hamás en el que 1.200 ciudadanos de ese país murieron: destruir el espíritu de una nación, hacerla renegar de su tierra, historia, ancestros, costumbres y hasta de su derecho a nacer y existir.

¿Para qué bombardear si ya no hay nada en pie?, ¿para qué enviar soldados a cazar bajo las piedras al enemigo cuando la hambruna puede terminar el trabajo?, parece ser la consigna del gobierno liderado por el criminal de guerra Benjamín Netanyahu.

Miles de niños detrás de barricadas con alambres estiran sus manos para pedir una porción de comida a los pocos delegados de organizaciones humanitarias que permanecen en Gaza ante el temor de las represalias israelíes. Algunos llevan ollas, calderos, cucharones con los que alargan sus brazos para recibir antes que los demás. No esperan mucho, una colada de harina convertida en masacote, un puñado de lentejas, a lo sumo.

Son el rostro de una tragedia humanitaria que da la vuelta al mundo y que cada día deja más muertos a causa de la inanición. Niños con la columna vertebral pegada a la piel mueren en los refugios al igual que los perros y gatos famélicos lo hacen en las calles.

La hambruna como arma: lenta, silenciosa, cruel, efectiva como pocas. Puesta a prueba tantas veces a lo largo de la historia humana, deja huellas emocionales en los sobrevivientes que ni un misil con ojiva de uranio enriquecido puede alcanzar. Ver a un hijo morir por desnutrición, consumirse a punta de migajas de pan rancio, debilitarse hasta no poder mover brazos y piernas, ni abrir la boca siquiera, es más duro que verlo estallar en pedazos por la caída de una bomba.

Las armas convencionales alimentan el odio, la sed de venganza, avivan el orgullo milenario y fomentan la lucha; en cambio, el hambre elimina cualquier deseo de confrontación o resistencia entre quienes conservan la vida. Los que no mueran en Gaza jamás volverán a ver el mundo como antes, la reivindicación de su derecho a la tierra dejará de tener importancia y a partir de entonces se sentarán a esperar que la muerte no los sorprenda con la barriga vacía.

«Las personas en Gaza no están vivas ni muertas, son cadáveres andantes», dijo Philippe Lazzarini, comisionado general de la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos. Pero nadie está dispuesto a correr el riesgo de plantarle cara a Netanyahu y a su principal aliado, Donald Trump, en este genocidio transmitido en vivo por la televisión y las redes sociales, principal y mayúscula diferencia con el Holocausto.

Europa, cada vez más fracturada, es un remedo de lo que fue; China, en lo suyo, el comercio y la batalla económica con Estados Unidos; Rusia, indiferente mientras Gaza distraiga la atención de su guerra particular con Ucrania. Entre tanto, 6.000 camiones llenos de alimentos y suministros médicos permanecen en Jordania y Egipto a la espera de una orden que no llega.

En este contexto llama la atención el papel del presidente colombiano Gustavo Petro al asumir el problema como propio a pesar de dirigir un país en crisis y con coyunturas políticas, sociales y económicas que vuelven polémico el hecho de voltear la mirada a otras latitudes. Pero nadie puede ser ajeno a lo que está sucediendo en Gaza y en eso Petro, les guste o no a sus críticos, ha tenido el talante de un líder mundial.

Los días 15 y 16 de julio, Bogotá acogió la primera cumbre ministerial de emergencia del Grupo de La Haya, conformado por Bolivia, Cuba, Honduras, Senegal, Sudáfrica, Malasia, Namibia y Colombia. A la reunión asistieron delegados de una treintena de países y funcionarios de la ONU como la relatora de los Territorios Palestinos Ocupados, Francesca Albanese, para levantar la voz y presionar contra “las violaciones del derecho internacional” en un conflicto que ya deja más de 58.000 muertos. El Grupo acordó seis acciones para impedir el suministro de armas y municiones a Israel, lo que en Colombia se ha traducido en prohibir el envío de carbón desde la mina del Cerrejón, en La Guajira, para que no sea utilizado en actividades bélicas.

Está claro que la posición de Namibia, Senegal, Honduras, Bolivia y la propia Colombia no perturbará el sueño del criminal Netanyahu, mucho menos el de Donald Trump. Si no lo han hecho las imágenes de los niños muriendo de hambre a causa del bloqueo a los camiones con ayuda humanitaria, nada lo hará. Pero no siempre se trata de la capacidad de ejercer presión o de generar cambios, para algunos es importante no guardar un silencio cómplice ante la barbarie.

@jutaca30

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a La Contratopedia Caribe

Share This